lunes, 21 de abril de 2014

Gabriel.
 
Su abuelo, contó él mismo, puso en sus manos infantiles el libro que todo lo sabía y nunca se equivocaba. De aquel diccionario, Gabriel extrajo más tarde colores, aromas, texturas con los que dibujó paisajes y dio vida a seres que brotaron de la plana superficie de las hojas como una vegetación exuberante y luminosa, selvática evocación del mundo de sus primeros años. Pocas veces uno solo ha tenido la capacidad de transportar hacia mundos entrañables a tantos otros con el solo movimiento de las manos. A partir de ahora, cada vez que sus libros se abran nacerá de nuevo aquel niño maravillado ante el regalo del abuelo que le mostró por vez primera a las palabras que de adulto lo convertirían en mago.

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